Para un niño, unos lentes nuevos pueden sentirse como un problema. Cornelia Kids —la línea infantil de la marca madre— necesitaba resolver eso desde la identidad: convertir el cuidado visual en algo que los niños quisieran, no algo que temieran. Pero había un segundo público al que convencer sin que se diera cuenta: el papá que paga, y que asocia “confianza” con ciertos códigos visuales aunque no sepa nombrarlos.

Un lenguaje que los papás ya conocen

No inventamos un estilo infantil genérico. Fuimos a buscar la textura exacta de la infancia: el plástico brillante de los juguetes, los tubitos inflables de alberca, el bloque de Lego que encaja con un clic. Colores saturados y sólidos, formas redondeadas, esa sensación táctil de “esto es seguro para tocar” que un padre reconoce en el cuerpo antes que en la cabeza. Es la diferencia entre una óptica que se ve clínica y una que ya se siente como un lugar diseñado para su hijo.

El personaje que completa el mundo

Sobre esa base sensorial construimos un personaje: Cornelio, un ser de lentes redondos y sonrisa inquieta, hecho para que un niño quiera parecerse a él. Los lentes dejaron de ser el problema y se volvieron lo más divertido del personaje — pero es el sistema completo, no solo el personaje, el que hace el trabajo.

Qué hicimos

Adaptamos la identidad de la marca madre a un universo sensorial propio, construido con las texturas y colores del mundo infantil —plástico, juguete, patio de recreo— para que la marca se sintiera segura antes de explicarse. Creamos un concepto y tono de comunicación cercano, afectivo y lúdico, pensado para conectar con los niños y, al mismo tiempo, activar en los padres esa lectura instintiva de “esto es confiable”. Y desarrollamos una estrategia visual con aplicaciones gráficas consistentes —incluyendo a Cornelio como personaje central— que sostienen ese lenguaje en cada punto de contacto.

El resultado

Una marca que los niños quieren tocar y los padres, sin saber bien por qué, sienten que ya conocían. Un cuidado visual convertido en experiencia — visible para el niño, sentida por el padre.